Nostalgia

El viento álgido de una invernal mañana limeña me cubre incesantemente, una computadora antigua y fría me acompañan con un café que despierta mis sentidos diciéndome que debo seguir escribiendo.
Trato de pensar en algo y expresarlo detenidamente con ayuda de mi imaginación, me recuerdo a mí mismo que no soy escritor, mucho menos poeta. No obstante, creo que debo escribir ya que así me liberaré de muchas cosas, aparte de ser saludable; el día se acerca y no puedo olvidarlo.
En ese instante, los recuerdos invaden mi mente. Unos días antes, paseando por la facultad como otro cualquier día, me encontré con ella. Karen era su nombre. Caminamos amenamente intercambiando frases sobre cursos que estábamos próximos a llevar. Las horas corrían y yo me sentía alegre de compartir mi tiempo con esta bella persona, era el momento para decirle mi verdad. De pronto, como intromisión del destino, ahí estaba el afiche; ella se llenó de emoción, ya que era lo que había estado esperando: un concurso de cuentos y novelas cortas. Yo, muy apabullado por su reacción, seguí el juego siendo parte de esa alegría, uniéndome a ella, a su pedido para participar juntos, sobre todo, por nuestra gran amistad. Después de la despidida vino la tragedia, tenia que aceptar la realidad: no era bueno escribiendo historias, no era costumbre mía. Sin embargo, qué podía hacer con este sentimiento que me abordaba, solo me quedaba una cosa y esa era participar junto a ella y aprovechar el momento crucial del concurso para revelarle mi gran cariño con una historia que refleje ese gran sentimiento. Había quedado con ella que en unas semanas intercambiaríamos nuestras historias para de esa forma ver nuestros errores, yo sabía que ella, a diferencia mía, si tenía idea de cómo escribir una historia: sus progenitores -catedráticos de literatura- le habían inculcado un hábito de lectura y escritura envidiable. De esa manera, me encontraba en desventaja, además de no querer quedar mal frente a su aguda crítica, debía saber manifestarle con lindas palabras mi sentimiento disfrazado en una historia dedicada a ella, además de usarla para el concurso. Debía de pensar muy bien lo que tenía que escribir. Aún recuerdo el consejo de la profesora de Literatura en mi olvidado colegio para fomentar el talento literario entre todos los alumnos: "Escribe, solamente escribe". En mi caso particular traté de convertirlo en una costumbre, pero dejé de hacerlo; de esa forma olvidé mis percepciones de cómo expresarme en un escrito.
Trato de pensar en algo y expresarlo detenidamente con ayuda de mi imaginación, me recuerdo a mí mismo que no soy escritor, mucho menos poeta. No obstante, creo que debo escribir ya que así me liberaré de muchas cosas, aparte de ser saludable; el día se acerca y no puedo olvidarlo.
En ese instante, los recuerdos invaden mi mente. Unos días antes, paseando por la facultad como otro cualquier día, me encontré con ella. Karen era su nombre. Caminamos amenamente intercambiando frases sobre cursos que estábamos próximos a llevar. Las horas corrían y yo me sentía alegre de compartir mi tiempo con esta bella persona, era el momento para decirle mi verdad. De pronto, como intromisión del destino, ahí estaba el afiche; ella se llenó de emoción, ya que era lo que había estado esperando: un concurso de cuentos y novelas cortas. Yo, muy apabullado por su reacción, seguí el juego siendo parte de esa alegría, uniéndome a ella, a su pedido para participar juntos, sobre todo, por nuestra gran amistad. Después de la despidida vino la tragedia, tenia que aceptar la realidad: no era bueno escribiendo historias, no era costumbre mía. Sin embargo, qué podía hacer con este sentimiento que me abordaba, solo me quedaba una cosa y esa era participar junto a ella y aprovechar el momento crucial del concurso para revelarle mi gran cariño con una historia que refleje ese gran sentimiento. Había quedado con ella que en unas semanas intercambiaríamos nuestras historias para de esa forma ver nuestros errores, yo sabía que ella, a diferencia mía, si tenía idea de cómo escribir una historia: sus progenitores -catedráticos de literatura- le habían inculcado un hábito de lectura y escritura envidiable. De esa manera, me encontraba en desventaja, además de no querer quedar mal frente a su aguda crítica, debía saber manifestarle con lindas palabras mi sentimiento disfrazado en una historia dedicada a ella, además de usarla para el concurso. Debía de pensar muy bien lo que tenía que escribir. Aún recuerdo el consejo de la profesora de Literatura en mi olvidado colegio para fomentar el talento literario entre todos los alumnos: "Escribe, solamente escribe". En mi caso particular traté de convertirlo en una costumbre, pero dejé de hacerlo; de esa forma olvidé mis percepciones de cómo expresarme en un escrito.
Aún recuerdo con nostalgia mis poemas de colegial donde pensé que era la reencarnación de un afamado poeta, nada más alejado de la realidad, aceptando también mi dificultad al considerarme un aprendiz de castellano. Haciendo la lucha, traté que cada palabra tome sentido intentando mejorar, debía encontrar las palabras adecuadas en un texto adecuado en una historia adecuada, pero no era tan fácil.
Ahora solo faltaban tres días y me encontraba aquí en una mañana fría y solitaria, pensando solo en ese gran momento, pero sin poder encontrar las palabras correctas. Esa era mi tragedia. Esa era mi historia.

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